domingo, 16 de enero de 2011

You're so new

Pues...
Me he roto un pie y me he hecho otro blog. A ver qué tal.

Ah. Se llama Pequeños monstruos.

miércoles, 5 de enero de 2011

Tú que escribes bien bonito

Dicen de mí
que yo he sido un libro abierto
donde mucha gente ha escrito
No hagas caso, nada es cierto

En blanco está
Nadie supo escribir nada
No dejaron ni una huella
Nadie me importaba nada

Me importas tú
Tú sí escribes muy bonito
Para ti soy libro abierto
Escribe en mí, te necesito

domingo, 2 de enero de 2011

Aún no


Aún tengo resaca, aún me dura la cruda, aún tengo que contar recuerdos de México.

Como ese día, muy poquito antes de regresarme, cuando el tráfico nos retuvo a vuelta de rueda en mi calle durante media hora que empleamos en escuchar un reportaje sobre menores internos en penales mexicanos. Uno de ellos dijo una frase severa y brillante: "Aquí en México hay policías en los que ni siquiera puedes confiar como delincuentes".

Cómo nos reímos.

Pero no se me olvida.

jueves, 23 de diciembre de 2010

Epílogo

Velveteen - The Getaway

You say they will get you anyway/ 'cause they got pretty tricks to make you stay

Al escuchar mis hipidos y sollozos, el señor que guardaba fila delante de mí en el mostrador de Inmigración del aeropuerto se dio media vuelta:

- ¿Pero qué pasó, mujer? No llores así, que te vas a ver fea

- Que me voy de este país sin saber cuándo volveré, señor, y me da mucha pena.

- ¿Pena?*

- Me da mucha lástima

- Ah, a mí también me lastimaguía -dijo, con un repentino marcado acento

- ¿Es alemán?

- No, yo ya llevo treinta años aquí. Yo ya soy chilango.

Y fue ahí, en esa cola de la Migra antes de regresar a casa, donde se quedó la punta de mi cola de lagartija, sólo que a mí, a diferencia de las que corren por el musgo, no me volverá a crecer hasta que pise de nuevo suelo mexicano. Supongo que está bien así; lo que nos falta nos hace unos completos incompletos.

* En México, pena significa apuro, vergüenza, reparo... Quizás lo único a lo que no me acostumbré en un año.

lunes, 20 de diciembre de 2010

Hasta aquí


Ésta será la última postal de un año lleno de colores. Anoche se fue la luz en casa, y, cada vez que cerraba los ojos, veía un caleidoscopio que sólo achaco a los nervios y la melancolía de que esta aventura ya se esté terminando.


Voy a intentar describir el rincón del DF que más me impresionó como despedida. No es el más bonito, ni tampoco el que más quiero, pero después de todos estos meses sigo pensando que es el que mejor capta el latido de la megalópolis.


Es la glorieta de Insurgentes, donde confluyen el metro y el metrobús, donde el monstruo estornuda confeti cada minuto, cada segundo, sobre una masa de cemento ardiente. Allí, en el bullicio de la plaza dura, por la que todos corren para no perder su transbordo, los emos miran mal a los rockers, los rockers miran mal a los emos, parejas de chicos se besan con lengua para escándalo de algunos, los niños mendigan y los borrachos hablan solos, mientras detrás, un tipo dentro de un muñeco de gomaespuma promociona una farmacia que parece salida de un capítulo de Los Simpson.


Pero todos conviven en la misma pecera en un pacto de no agresión, en la eterna calma tensa de esta ciudad en la que todos nos tragamos nuestro mal humor porque sabemos que hay algo que nos supera, y es este monstruo que arranca desde la Torre Latinoamericana y se derrama por los montes y los lagos. Es más grande que cualquiera de nosotros, es más grande que todo, y lo único que podemos hacer es cabalgar a lomos de la bestia por este Universo loco que algún día nos tragará a todos. Y entonces sólo podremos dar las gracias por haber tocado a un trocito de pastel.


Hasta otra, México loco, feo, ruidoso, lunar, rococó, hermoso, mágico y apabullante. El mejor homenaje que se me ocurre es quererte para toda la vida.


Y a todos los que pasastéis por aquí, sólo espero veros algún día con un boleto en la mano destino al país donde todo es posible.

jueves, 16 de diciembre de 2010

Procura coquetearme despacio


Cuando observo las baldosas levantadas, la ausencia de semáforos y de código circulatorio y la mala iluminación de las calles del DF en la noche, me pregunto lo difícil que será ser anciano en esta ciudad y ver cómo tus capacidades merman ante las fauces de la jungla urbana.

He de decir que, excepto el ejemplo de superación de mi vecina, que con 95 años y casi sorda del todo, cruza las vías más transitadas del barrio armada con su andador y su feliz ignorancia, mientras los peseros le rozan la nuca, no he visto demasiados abuelos de paseo por el DF, cosa que me choca, pues en los mejores barrios de Madrid -el mío, por ejemplo- el jubilado es casi casi el rey de la calle.


Ya sé dónde encontrarlos en México. Todos los sábados por la mañana acuden a la plaza de la Ciudadela vestidos con sus mejores galas: sombrero de Panamá ellos, zapatos de salón ellas, y se dedican a bailar con gran solemnidad. Da igual si saben o están aprendiendo, se integran en los grupos que se distribuyen por todo el parque alrededor de radiocassettes antiquísimos que retumban con son y salsa, y simplemente bailan, se coordinan tan serios como abejas en el panal.


Es un placer ver cómo les da igual tener que bailar solos y cómo, si lo hacen en pareja, nunca interrumpen la ceremonia con comentario alguno; sólo bailan y bailan, como si fueran los policías de la música en esta ciudad en la que uno no se puede fiar de ningún uniformado. Pero de ellos y de su indumentaria de deseo vertical, sí, yo lo haría con los ojos cerrados.

La última mañana que los vi, me dejé la cámara de fotos en casa. Pero abrí el oído todo lo que pude y me quedé con dos de sus canciones.

Procura - Chichi Peralta


Mi son - Monguito



Los echaré de menos.

martes, 14 de diciembre de 2010

You're never too young to leave home


Ayer me compré una maleta. Roja. Grande. Creí, ilusa de mí, que me serviría para llevarme todas las cosas que quiero o simplemente necesito de México. Pero cuando intenté arrastrarla, aún vacía, descubrí que no podía, que me costaba un chingo, que ni siquiera era capaz de cruzar Mariano Escobedo con ella sin que me atropellase un peserito por lenta. Me senté en la banqueta y comprendí que lo que me pesa es el pecho, porque cada vez que respiro exhalo un año de abrazos, aguacate, risas, litros de tequila y de tejuin, selvas, desiertos, cilantro, miradas, kilómetros, colores y -a lo mejor eso explica mi tos- todas esas noches en las que fui tan feliz que se me olvidó cerrar la ventana para no enfriarme mientras dormía.

Por mucho que me cobre Lufthansa, este exceso de equipaje será mío para siempre, y sé que podré utilizarlo cada vez que esté sola o que aceche la tristeza. En 2010, el año de la crisis financiera mundial, yo he hecho la mejor inversión de mi vida.